No hay tregua para el dolor haitiano. Todos los sufrimientos del mundo parecen haberse citado en Haití, y con una saña que no cesa, castigan al pueblo que primero vio la luz de la libertad y que hoy batalla en la noche más oscura: la de la traición y el desengaño.

Cuando años atrás el movimiento Lavalás llevó a la presidencia de Haití a Jean-Bertrand Aristide, parecía que la pesadilla de la dictadura se convertiría en parte de un pasado amargo que se despejaba ya. Por primera vez en mucho tiempo Haití conoció la esperanza y se asomó a la posibilidad de reconstruirse como nación. Pero a Haití, el Job de nuestra América le faltaba estrenar un nuevo pesar. El ex sacerdote de modos pausados y gesto amable se ha despojado ya de la piel de cordero y se revela como el lobo feroz que a dentelladas y zarpazos le arranca al pueblo haitiano aquella ilusión de un comienzo feliz.

Tras su regreso a la presidencia en el 1994, impulsado por la invasión de Estados Unidos a Haití, Aristide comenzó a dar señales de su gusto por la fortuna fácil y el poder. Imposibilitado de aspirar por dos términos consecutivos a la presidencia, ubicó en su posición a René Preval, para retornar al poder en el año 2000 sirviéndose de elecciones marcadas por el boicot y el fraude. Hoy, el gobierno de Aristide y su partido Fanmi Lavalás son campo ocupado por antiguos duvalieristas y sus aliados.

En junio del año 2001 el presidente Aristide acuñó la consigna de "Cero Tolerancia" en respuesta a los señalamientos de la oposición sobre los desmanes de su gobierno. Con ello dio la señal de salida a una oleada de represión que con demasiado éxito emula a los temidos "Tonton Macoutes" de la era de Duvalier. Han salido a la luz pública testimonios de policías horrorizados ante las matanzas perpetradas en nombre de la autoridad de Jean-Bertrand; relatos sobre ciudadanos asesinados a palos, la cara cubierta en bolsas plásticas para ahorrar a los verdugos la visión del dolor.

Para legitimar la brutalidad de sus medidas, el gobierno haitiano recurre ahora a la situación creada por la intentona de "golpe de estado" que tuvo lugar semanas atrás, al que la oposición en pleno señala como una tramoya armada por Lavalás.

Aristide -ingenuamente reconocido en medios locales como un héroe en aprietos - ha sabido hacer buena su amenaza de intolerancia. La violencia gubernamental se propaga impunemente. Las sedes de Konakom, Panpra y de la Convergencia Democrática, las instituciones políticas de oposición, así como la casa del intelectual y dirigente político Gerard Pierre-Charles les fueron incendiadas. Para destruir la residencia de Víctor Benoit, coordinador nacional del Konakom, un comando armado se presentó a bordo de cuatro vehículos, uno de ellos con matrícula de gobierno. Después de sembrar el pánico entre los vecinos, prendieron fuego a la casa, con la familia Benoit aún en el interior. Los Benoit lograron escapar a las llamas, gracias a la solidaridad de los habitantes del poblado de Lilavois. Las autoridades locales se limitaron a contemplar cómo ardía la casa.

La prensa continúa siendo objeto de presiones que han obligado a varios a exilarse. La muerte de Brignol Lindor, un joven periodista asesinado a machetazos el pasado diciembre continúa sin esclarecerse, igual que el caso de Jena Dominique, asesinado en abril de 2000 al salir de su estación de radio. Ambos periodistas eran conocidos por criticar abiertamente al régimen. Se señala como responsables de ambas muertes a partidarios de Fanmi Lavalás. Durante el año pasado, una veintena de reporteros declararon ser víctimas de ataques o amenazas por parte de la policía y del partido de gobierno.

Las libertades civiles han desaparecido para todo efecto real y pesa un virtual interdicto sobre las reuniones políticas. La figura antaño esperanzadora de Aristide se ha convertido en sinónimo de violencia y represión. Haití ha demostrado que hay males que duran mucho más de cien años, y que hay pueblos con el mágico don de resistirlos. En Haití se ha sostenido lo insostenible. La miseria y la deforestación no han quebrado el espíritu de un pueblo que se debate entre mitos fantásticos y realidades espantosas. Al paisaje opaco del país sin árboles, responde con pinturas de una alegría imposible; a la falta de madera para tallar, contesta con fluidas cabelleras femeninas como las que aquí imaginó Palés, forjadas en tapas de drones metálicos. A la tiranía que se obstina en secuestrar el corazón de sus gobernantes, replica con un esfuerzo renovado que no conoce la rendición.

La ausencia de compromiso democrático de las autoridades haitianas encuentra la vía libre gracias en parte a la escasez de acciones solidarias hacia el pueblo más desafortunado de América. Haití, con quien todo el continente tiene una deuda de gratitud -fue el Presidente Pétion el que socorrió a Bolívar en su momento más oscuro, aceptando como única recompensa la libertad de los negros en los países liberados del yugo español; fue en Jacmel donde nuestro Betances encontró amistad y refugio- merece cuando menos la denuncia más airada, la exigencia más firme en esta nueva estación de su calvario. Como decía un manifestante en una protesta el pasado año, ha sido demasiado padecer para ahora "cosechar el abandono y la muerte". El lema de la Convergencia, "Tét Asam", 'todas las cabezas juntas' tiene que incluir a los pueblos hermanos. El país al que le ha tocado vivir todos los sufrimientos, urge hoy toda la solidaridad.