La nueva corriente histórica-Por Rubén Berríos Martínez

“Todo lo que es necesario decir ha sido dicho. Pero ya que nadie escuchaba es necesario repetirlo”.

Gide

 

Cuando la muela duele hay que ir al dentista. Pero sin dejar de tratar el cáncer que también se padece. Igual sucede con las cosas de los pueblos. En Puerto Rico ya salimos del dolor de muelas que habitaba en Fortaleza. Está por verse si el alivio solo es temporal. Pero en todo caso sería un error fatal descuidar el tratamiento de la grave enfermedad que padecemos: el colonialismo.

Los seres humanos hacen su propia historia, pero condicionados por poderosas fuerzas, en ocasiones apenas perceptibles, de la misma manera que las corrientes, las mareas y los vientos determinan la ruta y el tiempo que le tomará a la tripulación de un velero llegar a puerto seguro.

No hay duda de que desde finales del siglo 19 Puerto Rico ha sido arrastrado por una poderosa corriente: los intereses nacionales de Estados Unidos, particularmente de naturaleza militar, geopolítica y económica. Hemos sido colonia norteamericana desde el 1898 porque eso es lo que le ha convenido a esa nación.

 

Pero las corrientes y los vientos cambian. En el 2019 vivimos en otro mundo. Las mayorías y minorías son cuestión de tiempo y circunstancias. Así ha sido siempre. Luego de acabarse la Guerra Fría, el valor geopolítico se ha esfumado. Vieques demostró que la utilidad estratégica militar de Puerto Rico se ha reducido drásticamente. La quiebra colonial, el exilio de más de la mitad de la población, el caso Sánchez-Valle y Promesa son el acta de defunción de la colonia. Solo resta enterrarla.

 

Desde los Estados Unidos las señales son claras. Están pidiendo la luz por señas. Si alguna duda quedaba, ahí está el artículo de Brian Setzer y Antonio Weiss, redactor principal, este último, de la Ley Promesa y que publica en su edición de julio/agosto del 2019 la revista Foreign Affairs bajo el título “La colonia olvidada de los Estados Unidos”. Luego de aseverar que el estatus colonial de Puerto Rico “no puede continuar” y que “en su esencia el estatus es una cuestión de ideología e identidad”, concluye que resolverlo “es un paso fundamental para que Puerto Rico pueda trazar un rumbo económico sostenido a largo plazo”. Remata diciendo que para Estados Unidos resolver el estatus “no solo es una sabia decisión política, sino para un país que se enorgullece de ser líder del mundo libre, es un imperativo moral”.

 

La nueva corriente histórica nos lleva hacia la descolonización. Pero para superar la colonia es necesario que nuestro pueblo canalice hacia ese fin la energía y fuerza que demostró durante las masivas manifestaciones del último verano.

 

Legisladores de todos los partidos ya han presentado medidas legislativas para tratar tanto las deficiencias constitucionales como el problema de fondo del estatus. Por su parte, el Colegio de Abogados y Abogadas acaba de aprobar en su asamblea una resolución que urge a la legislatura a considerar las propuestas.

 

Los que creemos en la descolonización, que somos la gran mayoría del pueblo, tenemos que enfrentar al Congreso con el problema político de falta de legitimación democrática del régimen territorial. Solo entonces se verá forzado a expresarse sobre las condiciones y términos que las diversas opciones descolonizadoras conllevarían. Al final del proceso, con pleno conocimiento de causa, los puertorriqueños podremos decidir mediante nuestro voto sobre nuestra futura relación con Estados Unidos.

 

El PIP ha propuesto ante la legislatura que se le permita al pueblo convocar a una Asamblea para un Nuevo Puerto Rico que considere los términos de una nueva constitución y atienda el problema de la relación colonial con los Estados Unidos. Mediante esta propuesta o algún otro mecanismo que enfrente a Estados Unidos con su obligación descolonizadora, debemos dirigir los esfuerzos todos los que creemos en la descolonización. La sumisión solo invita al desdén. Para que el Congreso y el presidente de los Estados Unidos nos respeten es necesario darse a respetar.