Desde que el conjunto de manifestaciones, protestas y marchas multitudinarias de este verano forzaron la renuncia de Ricardo Rosselló, se han publicado cientos de interpretaciones sobre la naturaleza y significación de estas movilizaciones de pueblo.

Con los matices de rigor, el grueso de estas interpretaciones se inclina por una de dos hipótesis. La primera -llamémosla la optimista- sostiene que lo ocurrido en Puerto Rico en este verano de 2019 representa un desarrollo trascendental en que el pueblo se ha empoderado frente a los abusos tanto del régimen colonial y de la Junta de Supervisión Fiscal como del gobernante y el partido de turno, y que esta entrada en escena de la indignación ciudadana augura una nueva y esperanzadora etapa en la vida política puertorriqueña. En adelante el pueblo será el centinela vigilante que impedirá los atropellos gubernamentales y la corrupción de los funcionarios.

La segunda hipótesis interpretativa -llamémosla la pesimista- señala al antiguo refrán de que "una golondrina no hace verano" y sostiene que la explosión de activismo y participación ciudadana en el movimiento que exigía la renuncia del gobernador no fue nada más que un desahogo coyuntural y que tenía más de la frivolidad de las fiestas de la calle San Sebastián en el Viejo San Juan que de la militancia combativa y el compromiso ideológico de los chalecos amarillos de París que hicieron temblar al gobierno de Francia. Esta hipótesis prevé que nada fundamental ha de cambiar en la conducción de nuestra vida colectiva.

Como todo fenómeno social complejo, lo ocurrido en Puerto Rico no tiene una explicación fácil o única. No cabe duda de que elementos de las dos hipótesis que yo he caricaturizado aquí tienen que estar presentes en cualquier evaluación, pero todos sabemos que este fue un fenómeno compuesto por muchos ingredientes, y que incluye tanto los sublimes como los pedestres. Aun para el más cínico, sin embargo, el que el fenómeno haya ocurrido tiene que ser fuente de optimismo.

Gracias a que "lo mejor que Dios hizo fue un día detrás del otro", el camino desde aquí hasta las elecciones de noviembre del 2020 -y los resultados de esta- nos van a permitir aquilatar de manera empírica las diversas explicaciones e interpretaciones de las movilizaciones del verano de 2019.

Si la hipótesis "optimista" es la correcta, veremos la debacle del PNP y el PPD según el pueblo use su voto de manera cónsona con sus consignas del verano como "no a la corrupción" o "no a la junta". Partidos y candidatos con trayectoria probada e integridad acrisolada, y con compromiso evidenciado de lucha anticolonialista deberían emerger con el apoyo electoral de, al menos, los entre seiscientos y ochocientos mil que marcharon aquel día histórico por el expreso Las Américas (sin contar con los simpatizantes que no pudieron asistir). El País se habría salvado a sí mismo.

Si la hipótesis "pesimista"es la correcta, por el contrario, también quedará evidenciado en el resultado electoral. El PNP y el PPD tendrán -según esta hipótesis- el grueso del apoyo electoral a pesar de que los candidatos que se anticipan representan lo mismo de siempre, mientras que los partidos y candidatos que exigían las reivindicaciones y reclamos que coreaban los manifestantes del verano de 2019 quedarán relegados a la marginalidad. Sería -otra vez- el triunfo del clientelismo y la dependencia sobre los ideales y las convicciones; es decir, el colonialismo. El tiempo pues nos dirá...

Lo que sí es claro es que esa pelea hay que darla. El Partido Independentista, en las buenas y en las malas, como siempre, apuesta a lo mejor de nuestro pueblo y se apresta a ser una voz luchadora que reclama responsabilidad, respeto y libertad.